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Entrenar se me hace cuesta arriba: por qué pasa

Si entrenar se te hace cuesta arriba, hay un motivo: lo duro que sientes una sesión y lo duro que realmente es se regulan por vías distintas.

En esta nota
  1. El mecanismo, sin bata
  2. Dónde la evidencia no cierra del todo
  3. ¿Y yo qué hago con esto?
Persona de espaldas subiendo sola una escalinata ancha de piedra

Lo duro que se siente una sesión y lo duro que realmente es son dos cosas distintas y se regulan por vías distintas. El esfuerzo percibido se mide aparte de la carga y depende de cómo dormiste, de cuánto dura, de cuán conocido te resulta el movimiento y del entorno en el que estás. Se puede trabajar sobre eso sin bajar el entrenamiento. Y si semana tras semana hay que bajarlo todo, entonces el que no encaja no eres tú: es el plan.

Es la rutina de siempre, la misma que hace un mes hacías sin pensar. Hoy la abres, ves el primer bloque y algo por dentro se te sienta en el piso. Esto no es haber perdido las ganas —eso es un problema de motivación— ni la vieja discusión entre disciplina y voluntad. Acá el asunto es más físico: la sesión pesa mientras la haces.

El mecanismo, sin bata

Hay dos medidas que casi nadie separa. Una es la carga externa: los kilos, los minutos, la distancia, lo que un plan escribe en un papel. La otra es el esfuerzo percibido: cuánto te cuesta a ti, hoy. Ese segundo dato se mide desde hace décadas con escalas propias, precisamente porque no coincide de manera fija con el primero (Borg, 1982).

Piensa en la carga como la canción y en la percepción como el ecualizador. La canción es la misma; lo que cambia es qué frecuencias se te vienen encima. Y el ecualizador tiene controles reales.

El control más estudiado es la intensidad relativa. La investigación sobre respuestas afectivas al ejercicio describe que lo que sientes durante una sesión sigue de cerca qué tan lejos estás de tu propio umbral: por debajo las respuestas son variadas y a menudo agradables; por encima se vuelven consistentemente desagradables en casi todas las personas (Ekkekakis, Parfitt y Petruzzello, 2011). Y ese umbral es tuyo, no del plan: dos personas haciendo lo mismo pueden estar una debajo y otra encima.

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Otro control es el sueño. Las revisiones sobre pérdida de sueño y ejercicio describen que dormir poco afecta la percepción del esfuerzo, además del rendimiento y del estado de ánimo (Fullagar et al., 2015). Una noche mala no te vuelve más débil de un día para el otro, pero sí encarece la misma sesión.

Y hay uno tan doméstico que da vergüenza tomarlo en serio: la música. Un metaanálisis encontró que escuchar música durante el ejercicio mejora modestamente el rendimiento y, sobre todo, reduce el esfuerzo percibido y mejora cómo se siente la sesión (Terry et al., 2020). No es un truco de ánimo: es un efecto medido sobre la percepción.

A esos se suman los que cualquiera reconoce sin necesidad de estudios: un movimiento que todavía no dominas ocupa atención y cansa más que el mismo movimiento cuando ya sale solo, y una sesión sin final claro se hace más larga que una partida en tramos que puedes contar.

Dónde la evidencia no cierra del todo

Casi todo esto se estudia en laboratorio, con protocolos cortos y voluntarios que aceptaron participar, y tu sala a las siete de la tarde no es ese laboratorio. El esfuerzo percibido, además, es un dato que da la persona: es útil justamente porque es subjetivo, y por lo mismo no es un instrumento de precisión. Los efectos tampoco son enormes ni intercambiables: la música no rescata una sesión mal armada, y dormir bien una noche no compensa un mes desordenado.

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Y hay algo más importante todavía. «Cuesta arriba» cubre estados muy distintos: puede ser una sesión mal calibrada, puede ser una semana difícil, y puede ser algo ajeno al entrenamiento. El desgano sostenido, el cansancio que no mejora con descanso o la pérdida de interés por cosas que antes disfrutabas exceden por completo a un plan de ejercicio. Un entrenador personal no reemplaza al médico ni a un profesional de salud mental: si esto se parece a cómo te sientes en general y no solo cuando entrenas, esa conversación va por otro lado.

¿Y yo qué hago con esto?

  1. Arranca en rampa. Los primeros minutos mienten: son los que peor se sienten y los que más gente usa para decidir que hoy no. Empieza deliberadamente fácil y deja que la sesión suba sola.
  2. Corta la sesión en pedazos contables. Cuarenta minutos se leen como una condena; cuatro bloques se leen como una lista. El bloque que estás haciendo siempre es corto.
  3. Revisa el sueño antes de revisar el plan. Si vienes durmiendo mal, la sesión de hoy no es la que hay que discutir.
  4. Pon la música donde más cuesta. No de fondo todo el tiempo: guardada para el tramo que sabes que se te hace pesado.
  5. Elige la hora por tu semana real, no por la teoría. La mejor hora es aquella en la que la sesión existe y no compite con nada.
  6. Termina con algo que te salga bien. El recuerdo de la sesión se arma con el final, y ese recuerdo es el que va a negociar contigo la próxima vez.
  7. Y el límite: si todas las semanas hay que bajar todo para poder entrenar, deja de ajustar la percepción. Cambia el plan.

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Dani

Me importa menos cuánto pesa la sesión que en qué minuto empieza a pesar. Si te cuesta desde antes de empezar, la conversación es sobre tu semana. Si te cuesta a la mitad, es sobre cómo arrancaste ese día. Si te cuesta recién al final, capaz está bien así. Por eso, cuando alguien me escribe que no da más, le pregunto por el minuto y no por el ánimo. Después miro el mes entero: hay meses en los que todo pesa más, y eso casi nunca se arregla apretando los dientes. Se arregla armando un mes distinto.

Que entrenar se sienta cuesta arriba no es un veredicto sobre tu carácter. Es información sobre cómo está calibrada tu semana, y la calibración se cambia.

Saber cómo funciona es útil; aplicarlo a tu semana real es otra cosa. Dani traduce esto a lo que te toca hacer el martes, con tu historial a la vista: qué venías levantando, cómo dormiste, qué te dolió.

Referencias

  • Borg, G. A. V. (1982). Psychophysical bases of perceived exertion. Medicine and Science in Sports and Exercise, 14(5), 377-381.
  • Ekkekakis, P., Parfitt, G. y Petruzzello, S. J. (2011). The pleasure and displeasure people feel when they exercise at different intensities: decennial update and progress towards a tripartite rationale for exercise intensity prescription. Sports Medicine, 41(8), 641-671.
  • Fullagar, H. H. K., Skorski, S., Duffield, R., Hammes, D., Coutts, A. J. y Meyer, T. (2015). Sleep and athletic performance: the effects of sleep loss on exercise performance, and physiological and cognitive responses to exercise. Sports Medicine, 45(2), 161-186.
  • Terry, P. C., Karageorghis, C. I., Curran, M. L., Martin, O. V. y Parsons-Smith, R. L. (2020). Effects of music in exercise and sport: a meta-analytic review. Psychological Bulletin, 146(2), 91-117.