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«No tengo fuerza de voluntad para entrenar»

No tengo fuerza de voluntad para entrenar es el diagnóstico equivocado: no falla tu carácter, fallan las decisiones que tu plan te deja abiertas.

En esta nota
  1. Qué está pasando de verdad
  2. No es un defecto de carácter
  3. Los errores que gastan voluntad de más
  4. Qué esperar
Mujer caminando por un parque soleado con gente relajándose

El domingo firmaste el trato. Tres días, sin excusas, esta vez en serio. Hasta anotaste los horarios en el teléfono, y por un rato la sensación fue buenísima: la de haber resuelto algo.

El lunes cumpliste. El miércoles saliste tarde y lo pasaste al jueves. El jueves te acordaste a las diez de la noche. El domingo siguiente hiciste la cuenta — una de tres — y sacaste la conclusión de siempre, la que todo el mundo saca: no tengo fuerza de voluntad para entrenar.

Es un diagnóstico rápido, elegante y equivocado. Y es caro, porque no se puede arreglar: nadie sabe cómo comprarse un carácter nuevo el lunes.

Qué está pasando de verdad

Empecemos por lo que la palabra «voluntad» esconde.

Cumplir un plan de entrenamiento no es un acto de fuerza. Es una cadena de decisiones chicas: a qué hora, dónde, con qué ropa, qué ejercicios, cuánto peso, qué hago si hoy no llego. Cada una de esas decisiones se paga con atención, y la atención al final del día viene con el tanque bajo. Lo que la gente llama «me faltó voluntad» casi siempre significa «me quedaron demasiadas cosas por decidir en el peor momento del día».

Por eso el mismo plan funciona en enero y falla en abril sin que cambie nada del plan. En enero venías descansado y con la agenda vacía; en abril tienes veinte decisiones más antes de las siete de la tarde. El plan es idéntico; el presupuesto con el que lo pagas, no.

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Hay algo que la investigación sobre comportamiento viene mostrando desde hace décadas y que va en la dirección contraria a la mística del esfuerzo: dejar las intenciones en modo general («voy a entrenar más») rinde bastante menos que dejarlas atadas a una situación concreta («si es martes y salgo del trabajo, voy directo, sin pasar por casa»). Un metaanálisis grande sobre este tipo de planes encontró que formularlos así mejora de forma consistente el cumplimiento de los objetivos, y el mecanismo es poco romántico: la decisión ya está tomada antes de que llegue el momento de tomarla (Gollwitzer y Sheeran, 2006).

Y hay una segunda pata, todavía menos heroica: el entorno. La ropa que está a la vista, la mochila armada la noche anterior, el gimnasio que te queda de paso y no a veinte minutos en la dirección contraria. Nada de eso es motivación. Es sacarle pasos al camino, que es lo que de verdad decide si algo pasa un jueves a las siete.

No es un defecto de carácter

Acá conviene frenar y decirlo con todas las letras, porque la mayoría de la gente llega a este tema cargando culpa de años: la constancia no es un rasgo de personalidad que unos tienen y otros no.

Las personas que sostienen el entrenamiento durante años no están ganando una batalla todos los días. En general tienen menos batallas: horarios que no se discuten, un lugar fijo, una sesión ya decidida y — esto importa mucho — una versión corta a la que recurrir cuando el día se rompe. No son más fuertes. Tienen el camino más limpio.

Y si vienes de una racha de semanas flojas, eso es una temporada. Las temporadas tienen causas: un trabajo que se complicó, alguien a quien cuidar, un invierno largo, un mes de dormir mal. No son un veredicto sobre quién eres.

Dani

Nunca te voy a pedir que tengas más ganas. Las ganas van y vienen y no se pueden programar. Lo que sí puedo hacer es sacarte decisiones de encima: que cuando abras el chat sepas exactamente qué toca hoy, cuánto dura y qué hacer si te quedan veinte minutos en lugar de cincuenta. Cuando el día se rompe, no te mando el plan otra vez: te mando la versión corta. Un día en el que hiciste diez minutos no es un día perdido — es la diferencia entre una racha interrumpida y una racha terminada.

Los errores que gastan voluntad de más

  • Dejar la decisión para el momento. «Después veo si entreno» es la frase que más planes mata. Ese «después» siempre llega cansado.
  • Diseñar el plan para tu mejor semana. Si tu plan solo entra cuando todo sale bien, va a fallar la primera vez que algo salga mal, y eso pasa cada dos semanas.
  • No tener una versión corta. Sin plan B, cualquier imprevisto te deja en cero. Y el cero es lo único que de verdad rompe la constancia.
  • Confiar en la memoria. Recordar el plan también consume atención. Escrito en algún lado ocupa cero.
  • Castigarte por el día perdido. La culpa no devuelve la sesión y encima cobra intereses: el día siguiente ya no es «hoy entreno», es «tengo que compensar».

Qué esperar

Las primeras dos semanas casi todo el trabajo es logístico, y se siente poco épico: elegir el horario, dejar las cosas listas, achicar la sesión hasta que entre de verdad. Nada de eso da orgullo. Es exactamente ahí donde se define el resto.

Alrededor de la tercera semana llega el momento incómodo: se fue la novedad y todavía no hay resultados visibles. Es el punto donde más gente afloja, y la única defensa que funciona no es apretar los dientes: es que a esa altura entrenar ya requiera pocas decisiones.

Más adelante, el indicador de que algo cambió no es que tengas más ganas. Es que un día no aparezcas y al siguiente vuelvas sin que eso sea una discusión contigo mismo.

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Verónica

Dos hijos, semanas impredecibles, arrancó hace un mes

No te falta carácter. Te sobran decisiones abiertas a las siete de la tarde. Y eso, a diferencia del carácter, se arregla el domingo en diez minutos.

Si te reconociste en esta nota, eso ya es la mitad del trabajo. La otra mitad es tener un plan que se mueva cuando tu semana se mueve: Dani lo arma por WhatsApp con el tiempo que de verdad tienes y lo ajusta cuando algo se cruza.

Referencias

  • Gollwitzer, P. M. y Sheeran, P. (2006). Implementation intentions and goal achievement: a meta-analysis of effects and processes. Advances in Experimental Social Psychology, 38, 69-119.