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¿Cuánto tengo que comer si entreno? La respuesta real

Cuánto tengo que comer si entreno: por qué ninguna fórmula acierta sola, qué señales sirven más que un número y cuándo conviene consultar a un profesional.

En esta nota
  1. Por qué el mismo plato no le sirve igual a dos personas
  2. Y por qué el hambre tampoco alcanza como brújula
  3. Dónde esta ciencia no llega
  4. ¿Y yo qué hago con esto?
Mujer en la cocina cortando verduras sobre una tabla

Respuesta corta: ninguna fórmula puede responderte eso sola. Las cuentas que circulan —tu peso multiplicado por tal número— son puntos de partida promedio, no indicaciones para tu caso: no saben cómo dormiste, cuánto te mueves fuera de la sesión ni cómo te sienta comer así. Lo que sí funciona es empezar por una base razonable y ajustar mirando señales concretas durante algunas semanas. Y si hay una condición de salud de por medio, eso se resuelve con un profesional, no con una calculadora.

La pregunta aparece casi siempre en el mismo punto: alguien empieza a entrenar, escucha que ahora «tiene que comer distinto» y se encuentra frente a un tema enorme sin ningún criterio para ordenarlo.

Por qué el mismo plato no le sirve igual a dos personas

Es una escena tan común que casi no se registra: dos personas desayunan lo mismo, a la misma hora, y una llega perfecta al mediodía mientras la otra está buscando algo para picar a las once. No hay nada anómalo ahí. Cambia el tamaño corporal, cambia cuánto se mueve cada una en el día, cambia el sueño, cambia el trabajo y cambia la digestión.

Una fórmula general describe el centro de una distribución. Tu día está en algún punto de esa distribución, y nadie sabe en cuál hasta que se mira. Por eso las cuentas rápidas sirven para arrancar y fallan como destino.

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Y por qué el hambre tampoco alcanza como brújula

La respuesta intuitiva sería «come cuando tengas hambre». El problema es que el ejercicio le mueve el reloj al apetito.

Cuando la sesión es intensa o larga, el apetito tiende a bajar en el rato posterior: se han medido descensos de la hormona que estimula el hambre después de esfuerzos de suficiente intensidad y duración (Broom et al., 2017). Y el tipo de ejercicio también importa: en un ensayo, el ejercicio aeróbico redujo esa hormona y además elevó otra que suprime el apetito, mientras que el trabajo de fuerza no produjo el mismo patrón (Broom et al., 2009).

La consecuencia práctica es contraintuitiva. Sales de entrenar sin ganas de comer, das por hecho que no necesitas nada, y tres horas después llegas a la cena con un hambre desproporcionada que no tiene nada que ver con lo que tu cuerpo necesitaba en ese momento. El apetito no está roto: llega tarde. Es un termómetro con retraso, y tomar decisiones grandes leyéndolo en el peor momento es lo que produce esa sensación de estar comiendo mal todo el tiempo.

Dónde esta ciencia no llega

Los estudios que acabo de citar miden respuestas agudas —lo que pasa en las horas siguientes a una sesión—, con muestras chicas y, en varios casos, solo con hombres. Describen un mecanismo real; no describen cuánto tienes que comer tú en una semana.

Del otro lado, tampoco existe evidencia que respalde las cuentas virales de redes con la precisión con que se presentan. Son estimaciones razonables como piso, y sus propios autores suelen aclararlo antes de que se recorte el video.

Y hay un límite duro que conviene decir sin vueltas: si estás con una condición de salud diagnosticada, con medicación, en embarazo o posparto, o si tu relación con la comida te genera angustia, ansiedad o episodios que sientes fuera de control, esto no se resuelve leyendo. Se resuelve con un nutricionista, un médico o un psicólogo. Ni una nota ni un entrenador personal reemplazan esa consulta.

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¿Y yo qué hago con esto?

  1. Arma el plato, no la planilla. Una base de proteína, algo de carbohidrato según lo que te toque entrenar ese día, verduras y una grasa. Repetible sin cocinar como profesional. Un esquema que sostienes seis meses le gana a un cálculo perfecto que abandonas en diez días.
  2. Come algo después de entrenar aunque no tengas hambre. No hace falta una comida completa; alcanza con algo pequeño que evite que el hambre te encuentre desprevenido tres horas más tarde.
  3. Elige tres señales y míralas dos semanas. Cómo llegas de energía a la sesión, cuánta hambre tienes entre comidas y cómo duermes. Si las tres están estables, tu cantidad de comida anda bien para esta etapa, digan lo que digan las cuentas.
  4. Ajusta de a poco y de a una cosa. Un cambio por vez, sostenido un par de semanas. Si cambias todo junto, no vas a saber qué funcionó.
  5. No compenses. Después de una comida grande, saltarse la siguiente o entrenar de castigo suele traer más descontrol, no menos. El día siguiente es simplemente el día siguiente.
  6. Nada de alimentos prohibidos. Las listas de prohibiciones aumentan el deseo y el ciclo de culpa, y ese ciclo hace más daño a la constancia que cualquier plato suelto.

Dani

Cuando me preguntan cuánto comer, yo devuelvo otra pregunta: ¿cómo llegas a la sesión y cómo sales? Con eso ya sé bastante más que con cualquier cálculo hecho sobre tu peso. Y si el tema es más grande que eso, te digo que vayas a un nutricionista sin dar vueltas — mi trabajo es el entrenamiento y cómo se acomoda a tu semana, no armarte la comida.

Saber cómo funciona es útil; aplicarlo a tu semana real es otra cosa. Dani traduce esto a lo que te toca hacer el martes, con tu historial a la vista: qué venías levantando, cómo dormiste, qué te dolió.

Referencias

  • Broom, D. R., Batterham, R. L., King, J. A. y Stensel, D. J. (2009). Influence of resistance and aerobic exercise on hunger, circulating levels of acylated ghrelin, and peptide YY in healthy males. American Journal of Physiology - Regulatory, Integrative and Comparative Physiology, 296(1), R29-R35.
  • Broom, D. R., Miyashita, M., Wasse, L. K., Pulsford, R., King, J. A., Thackray, A. E. y Stensel, D. J. (2017). Acute effect of exercise intensity and duration on acylated ghrelin and hunger in men. Journal of Endocrinology, 232(3), 411-422.