Entrenar durante la menstruación: cómo se ajusta
Entrenar durante la menstruación no es cuestión de aguantar ni de parar. Qué cambia esos días, qué es muy personal y cómo se acomoda el plan sin culpa.
Abres el plan en el teléfono y ahí está, en el casillero del martes, la sesión que venías esperando toda la semana. Miras la sesión, después miras cómo te sientes, y las dos cosas no se parecen en nada. Tienes la espalda baja pesada, dormiste mal, y la idea de cargar la barra se siente lejísimos. Entonces empieza la deliberación de siempre, que dura más que el entrenamiento: si vas igual y aguantas, si lo dejas para mañana, si estás poniendo una excusa.
Entrenar durante la menstruación se discute casi siempre en esos dos extremos —aguantar o parar—, y el problema es que ninguno de los dos es una respuesta. Son dos formas de no tener plan.
Qué está pasando de verdad
El mes no es una línea recta con el mismo cuerpo repetido treinta veces. A lo largo del ciclo cambian el equilibrio hormonal, la temperatura corporal, la retención de líquidos, la calidad del sueño y el ánimo. Todo eso se traduce en algo muy concreto: la misma sesión, con las mismas cargas y el mismo descanso, no se siente igual el día ocho que el día veinticinco.
Lo que casi nadie te dice es cuánto varía esto de una persona a otra. Hay mujeres a las que el movimiento les alivia las molestias y salen de la sesión mejor de lo que entraron. Hay otras a las que los mismos días les cuesta todo y necesitan bajar la vara. Ambas cosas son normales y ninguna de las dos es la respuesta correcta para todo el mundo. Si además tomas anticonceptivos hormonales, el patrón puede ser distinto del que describe cualquier gráfico general, y quien tiene que orientarte ahí es tu médico.
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Y hay una tercera cosa, más silenciosa: la mayoría de los planes no tiene una casilla para esto. La planilla registra series, repeticiones y kilos, así que una semana de rendimiento bajo queda anotada como una semana de rendimiento bajo, a secas. Sin contexto, ese registro cuenta una historia falsa —«esta semana no me esforcé»— y esa historia hace más daño que los días difíciles.
Conviene separar dos situaciones distintas. Una es la molestia habitual: pesadez, cansancio, algún cólico, cosas que van y vienen y con las que se puede convivir. Otra es el dolor que te deja fuera de combate, que te hace faltar al trabajo, que no cede con nada. Eso último no es algo que se resuelva ajustando el entrenamiento: se consulta con un ginecólogo. Un plan flexible acompaña; no diagnostica.
Y el reencuadre, que también acá es lo importante: no es una semana perdida. Es una semana con otra forma. Un mes de entrenamiento no se juzga por su semana más difícil, del mismo modo que no se juzga por su semana más brillante.
Dani
Hay semanas del mes en las que la misma sesión pesa distinto, y eso no lo veo yo desde afuera: me lo cuentas tú. Por eso te pregunto cómo dormiste y cómo viene el cuerpo antes de confirmarte el día. A veces movemos la sesión fuerte dos días y listo. A veces no hace falta tocar nada. Lo que no me sirve es enterarme la semana siguiente, cuando ya quedaron tres casilleros vacíos.
Los errores más comunes
- Convertir el ciclo en una ciencia. Hay tablas que asignan a cada fase su tipo de entrenamiento, su intensidad y hasta su comida. Seguirlas al pie de la letra suele generar más agobio que beneficio, y la mayoría de las mujeres abandona el sistema antes que el entrenamiento.
- Ir a la sesión pesada por orgullo. Sostener la carga del plan solo para demostrar algo termina en una sesión mala y en dos días de mal humor. La barra no lleva registro de tu determinación.
- Cancelar la semana entera. El otro extremo. Entre la sesión completa y no hacer nada hay un territorio enorme: caminar, movilidad, la misma rutina con menos series, algo suave que sostenga el hábito.
- No anotar nada. Si en tu registro no aparece en qué momento del ciclo estabas, cada mes vas a redescubrir el mismo patrón desde cero y a interpretarlo, otra vez, como una falla tuya.
- Dar por hecho que te va a ir mal. Esperar el bajón a veces lo fabrica. Muchas mujeres entrenan sin ninguna novedad esos días y solo lo notan cuando miran el calendario después.
Qué esperar
Espera variación, no una regla. Después de dos o tres meses de anotar cómo te sentiste —dos palabras alcanzan— vas a ver tu propio patrón, que no es el del gráfico de internet ni el de tu amiga.
Espera también que la parte más pesada sea corta. Para muchas mujeres los días complicados son uno o dos, no una semana entera, y después el cuerpo suele responder bien. Bajar la exigencia de esos dos días no cuesta nada en el mes; abandonar la semana entera, sí.
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Y espera, con el tiempo, algo menos medible: dejar de discutir contigo misma cada mes. Cuando el plan ya tiene previsto que hay días distintos, se termina el juicio interno que abría esta nota. Esa deliberación consumía más energía que la sesión.
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Verónica
Dos hijos, entrena tres veces por semana
Hoy tocaba la sesión de piernas y estoy con la regla, con todo el cuerpo pesado. ¿La hago igual o la salteo?
Dani
Ni una cosa ni la otra por defecto. ¿Cómo te suele ir moviéndote estos días: te alivia o te empeora?
Depende. Caminar me suele venir bien. Cargar peso, no tanto.
Dani
Entonces hoy hacemos la versión corta, sin la parte pesada, y movemos las piernas al jueves.
¿Y no pierdo la semana?
Dani
No pierdes nada, la semana queda igual de completa. Lo anoto para que el mes que viene ya salga acomodado y no tengas que preguntármelo.
Entrenar durante la menstruación no es una prueba de carácter ni un permiso para desaparecer. Es una de las tantas cosas que hace tu semana real, y las semanas reales se planifican. La vida no avanza en línea recta; el plan tampoco tiene por qué hacerlo.
Si te reconociste en esta nota, eso ya es la mitad del trabajo. La otra mitad es tener un plan que se mueva cuando tu semana se mueve: Dani lo arma por WhatsApp con el tiempo que de verdad tienes y lo ajusta cuando algo se cruza.
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